“El mar lava todos los males del hombre”, Platón

Son las siete de la mañana, la hora más consciente que el día puede regalarme. Mientras caliento y estiro unos músculos aún entumecidos por el descanso nocturno, percibo los leves amagos del sol a esta hora. Su rostro, tímidamente, comienza a disipar un horizonte gris claro sobre el azul oscuro del Océano Atlántico.

Frente a mí, la Avenida de Jandía. Comercios -aún cerrados- a mi izquierda, el Saladar a mi derecha y algo más de tres kilómetros de pista por delante.

Estoy preparado. Comienzo a correr y lo hago suavemente, sin prisas… El cronómetro en esta ocasión está desactivado ¿Para qué accionarlo si precisamente en este momento ya no hay tiempo? El deporte aquí es tan solo un pretexto para el disfrute personal. El tiempo, hoy, compró butaca de segunda fila como espectador de fondo.

Llevo algo más de quince minutos corriendo y me aborda la palabra que escucho a todos los amantes del running: Constancia. Reconozco, no obstante, que este vocablo aún se me resiste y ese pensamiento hace que flaqueen las fuerzas. Para evitarlo, decido concentrarme en mi respiración: Una inhalación cada dos zancadas. Una exhalación cada dos zancadas… Mucho mejor así… El aire fresco de la mañana invade generosamente mis pulmones mientras recorro la avenida, ya de vuelta, algunos kilómetros más.

Agotamiento y disfrute para los sentidos

El cansancio, tras 40 minutos de ejercicio, toma el control de mi cuerpo. No me queda otra que aminorar la marcha y rendirme ante el hecho de que aún queda mucho por entrenar.

Son mis últimos pasos y me detengo frente a la pasarela de madera junto al Faro de Jandía. No quiero lesiones, por lo que estiro adecuadamente. Primero una pierna, luego la otra, brazos, tronco, cuello… Todo con la mirada confundida en el horizonte… Un Ibi Sagrado posado sobre una palmera y un inquieto pájaro moro recorriendo en busca de insectos sobre el Saladar. De ninguna manera me pierdo el espectáculo que la naturaleza me tiene preparado.

Me descalzo. Con las deportivas en mi mano izquierda, me adentro hacia la playa… ¿Dónde me siento? Decido que el azar escoja por mi y me dejo caer sobre la arena. Dos turistas cruzan delante mío. Caminan lentamente descalzos por la orilla en dirección norte, dejando que el agua salada les moje los tobillos. Tendrán aproximadamente setenta años.

Poco a poco sus figuras se transforman en pequeños puntitos para, finalmente, desaparecer. Me aborda un pensamiento: Si es un paseo de placer, darán la vuelta en breve. Si es de reconciliación, tienen hasta Costa Calma para arreglarse.

Permanezco inmóvil y atento a lo que mis sentidos me transmiten. A mi espalda, el faro de Jandía. Frente a mí, el juguetón vaivén de las olas.

El cielo ya ha adquirido un tono dorado intenso. El sol, ahora sí, saluda firmemente a los majoreros. Ha sido un amanecer como cualquier otro de los que sólo Fuerteventura sabe obsequiar.

El domingo que viene el lugar de pretexto será el Pico de la Zarza.

En Morro Jable, a 3 de diciembre de 2017. César López.